A Christmas carol: La silla vacía

En Nochebuena, él siempre se sentaba frente a su padre, en el lado opuesto de la mesa. Aunque apenas se oponían en nada. Ambos iban de la mano se si hablaba de política o de fútbol.
Su discrepancia comenzaba y concluía si se hablaba del lobo. Él, lo defendía; su padre, matizaba el problema y miraba el asunto desde ángulos que él se negaba a contemplar. Para él, el lobo era un animal fascinante, merecedor de protección y respeto.
Pero este año la silla de su padre estará vacía y él tampoco tiene la menor intención de sentarse ante aquella vieja mesa de las Navidades de su infancia y juventud. Ahuyentará todo lo que pueda al Fantasma de las Navidades Pasadas. El paso de los años ha podado demasiadas ramas del árbol familiar y personal. Apenas le queda nadie. Incluso le faltan dos amigos de cuatro patas a quienes acariciar bajo la mesa.
Sin embargo, el solsticio no pierde su magia a pesar de las ausencias. Eso se lo había enseñado Charles Dickens durante los años que pasaron juntos mientras él escribía aquella novela y el inglés le corregía. Por eso, escribió un brevísimo Christmas en el que expresó su deseo de volver a ver el rostro de quienes le faltaban, de poder acariciar el pelaje inmaculado de sus dos perros, de mirar al otro lado de la mesa, y volver a estar de acuerdo en casi todo con su padre una noche más.
Y una mañana triste de viento sur depositó su deseo en el buzón de Correos. Era el día 19 de diciembre de 2022. Se encontraba enfermo desde hacía unos días y la batería de su espíritu navideño estaba a cero.
Los días pasaron.
El viento sur dejaba paso a la lluvia al atardecer; luego llegaron mañanas blancas, de heladas y nieblas, y noches negras.
El tiempo se iba y no había respuesta en el buzón de su casa.
¿Era demasiado poco niño para soñar? ¿Era demasiado poco niño para pedir deseos?
El día de Nochebuena los prados amanecieron con escarcha. El pueblo parecía irreal, tan solitario, tan repleto de nada. Ni un alma. No había ni Dios.
Los segundos fueron minutos y éstos, horas. El tiempo pasaba extrañamente veloz aquel día, pensó. Y su Christmas seguía sin respuesta.
Pero a las 8 horas y 8 minutos de la tarde sonó el timbre.
¿Quién podría ser?
Se asomó a la ventana mientras su perro, el único que le quedaba, ladró.
No había nadie en la calle, pero aún así…Aún así salió al jardín, atravesó el patio, abrió la portilla y miró en el buzón.
¡Una carta!, exclamó para sí. Su amigo ladró de nuevo, contagiado por la excitación.
Tembloroso, rasgó el sobre. Dentro había un Christmas blanco, inmaculado. Sin árbol, sin Papa Noel, sin Reyes Magos, sin Portal de Belén…Blanco.
En el interior, alguien (si le mandaran jurar diría que aquélla era la letra de su padre) había escrito una brevísima nota:
<<Todos a quienes hoy no ves estamos sentados a la mesa y me han dejado presidirla por haber llegado el último. Frente a mí, hay una silla vacía. ¿Te esperamos o empezamos sin ti?>>.
Y entonces el pueblo, que parecía irreal, tan solitario, tan repleto de nada, sin un alma, se emborronó entre sus lágrimas.
No había ni Dios ¿o sí lo había?
Su perro ladró de nuevo y otros dos le respondieron. ¿Tres perros? ¿Sería posible?
<<… ¿Te esperamos o empezamos sin ti?>>, dijo su padre en la silla de enfrente, que ya no estaba vacía.

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