EL CENÁCULO

En una plazuela formada por edificios antiguos de las más diversas épocas, entre callejuelas del corazón de la antigua Jerusalén, aparece una casa más, una cualquiera de no ser por la historia que de ella se cuenta. En el “piso de arriba” (como lo menciona Mc 14, 15) hay una “amplia sala” (14 por 9 metros, aproximadamente), como se describe en los evangelios. Se trata de una estancia de forma rectangular, con bóvedas ojivales que descansan sobre columnas aisladas y adosadas a la pared y que fue construida por los cruzados en el siglo XII.

La tradición sostiene que estamos en el Cenáculo, el lugar donde Jesús celebró la enigmática Última Cena, donde los evangelistas aseguran que instauró una ceremonia que con el paso del tiempo fue conocida como Eucaristía y que tan sospechosamente se parece a ritos de iniciación mucho más antiguos, cuyo detalle excede el propósito de este apunte. Sería allí donde, tras su muerte, supuestamente tuvo lugar una de sus apariciones a los aterrados discípulos. Allí también se derramaría sobre ellos la extraña energía que se describe en Pentecostés.

La historia sostiene que los primeros cristianos se instalaron en el monte de Sión, donde construyeron en el siglo I una iglesia-sinagoga que se salvó del furor destructivo de los emperadores Tito y Adriano por estar alejada. Pero en el siglo IV Juan de Jerusalén, obispo de la ciudad, promovió la construcción de una basílica, Santa Sión, que tenía dos niveles. En el inferior había tres naves, siendo una la de la Dormición de María, y otra la del Cenáculo.

Esa iglesia fue destruida por los persas en 614, y fue encontrada en ruinas por los cruzados, aunque se asegura que el Cenáculo seguía en pie. Más tarde, los franciscanos lo restauraron, pero en el siglo XVI se tornaría en mezquita con el dominio turco. Debajo de ese piso se encuentra la tumba de David, identificada como tal por Benjamín de Tudela en 1173.

Pero lo que me interesaba aquella mañana en que visité ese lugar era el Cenáculo, y en medio de aquella sala que en nada recordaba a una casa del Jerusalén en el que pudo haberse desarrollado la vida de Jesús, me interrogué en silencio sobre cuántas cosas más han mudado de aspecto o se han edificado en nombre de lo que pudo ser y no sé si fue.

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