Estimada …

Estimada ...
<<Estimada…>>
No, mejor <<querida…>>
No, demasiado íntimo.
Tal vez, <<apreciada…>>
¿Cómo debería comenzar la primera carta de todas las decenas que imaginé escribirla? Ése era el primer dilema, y no menor.
Carta a Valladolid.
Mis primeras cartas. O tus primeras cartas. Las cartas de cualquiera de nosotros cuando aún se escribían.
Las cartas obligaban a saber escribir con las manos. Incluso a saber escribir, sin más. Sin mecanismos de corrección automáticos, con frases compuestas por sujeto, verbo y predicado y con los adjetivos de los que el intelecto de cada cual estuviera provisto. Sin muñequitos sonrientes o llorosos, sin corazoncitos rojos y caras que lanzan besos.
Las cartas obligaban a tocar el papel durante el encantamiento. A esforzarse en lo posible en la gramática, en la ortografía… en la educación. Porque escribirlas era una muestra de amor, de afecto o de respeto, según a quién y con qué motivo se escribiera.
Cartas precipitadas escritas sobre la mesa de un salón que acabas de conocer.
Cartas nacidas en la soledad de una cafetería.
Cartas de amor sin destino o con él.
Cartas solicitando un empleo.
Cartas humedecidas con lágrimas de desamor.
Cartas que traen buenas nuevas.
Cartas que anuncian la muerte del soldado.
Cartas repletas de ilusión dirigidas a los Reyes Magos.
Y luego, la espera. La angustiosa y esperanzadora espera.
Esperas que te quiera. Esperas que te quieran. Esperas que siga vivo. Esperas con un ojo abierto la noche del cinco de enero.
Esperas al cartero.
El cartero llegaba cargado con una bolsa de cuero enorme. El cartero transportaba el amor, la risa, el llanto, la esperanza, la desventura…
Decididamente, debo recuperar el hábito de escribir cartas. Pero, ¿a quién?
Tal vez a quienes amo, para que no lo olviden ni yo lo olvide.
Para empezar, hoy te escrito esta carta a ti, que ahora me lees, y ha llegado la hora de ponerle el punto y final. Pero, ¿cómo debo hacerlo?
¿Tuyo afectísimo? ¿O será un exceso?
¿Mejor, <<atentamente>>?
Porque, <<un beso>> está fuera de lugar. Y <<un abrazo>> tal vez se queda corto o excede la confianza, según el caso.
¿<<Que Dios le guarde muchos años>>? ¡No, por favor!
¿Comprendéis la desazón? En los tiempos actuales se zanjaría la cuestión de cualquier modo vulgar, a ritmo de reggaetón.
Pero yo no me voy a permitir semejante grosería. Prefiero pecar de exceso que de defecto en este caso.
¡Con profundo afecto!
Mariano F. Urresti

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