He sido un “Goonie” toda mi vida

He sido un “Goonie” toda mi vida
Nunca he vivido en Astoria (Oregón, Estados Unidos), y sin embargo he sido un “Goonie” toda mi vida. No cuando era un niño, sino siempre.
Creo que ése es el secreto de las historias que imagino y escribo. Desde niño, he atravesado túneles repletos de telarañas acompañando a Scooby Doo. He sido el sexto de “Los cinco” de Enid Blyton. Llevo toda mi vida leyendo aventuras, viendo películas de aventuras, soñando despierto aventuras y viviendo aventuras. He estado en numeroso templos (malditos y de los otros), he visitado algunas de las tumbas más seductoras, he puesto mis pies en excavaciones arqueológicas, castillos y cuevas, y leído libros de magia y las aventuras creadas por los más grandes del género (Verne, Robert Louis Stevenson, Conan Doyle…) Son mis hábitats naturales. Son los imanes que me atraen.
Yo podría haber formado parte de la banda Mikey, Brand, Gordi, Chunk, Bocazas, Data y los demás. De hecho, formé parte de una similar cuando era niño. No buscábamos el tesoro de un pirata llamado Willy “el tuerto”, pero sólo porque en el barrio obrero donde me crié no había planos de ningún tesoro. No había dinero. Había sueldos modestos para llegar a final de mes. De manera que los tesoros, como muchos de los juegos, los inventábamos. Podían estar ocultos en los lagos que había más arriba de los Depósitos de la mina, en la otra orilla del río Besaya. O en las “pirámides”, como llamábamos a la zona de los diques de esa mina. O en una casita aupada sobre las ramas de un árbol. O más allá del “prado de la vieja”, junto al cementerio. ¡A ver quien tiene lo que hay que tener para saltar la tapia del cementerio y regresar con vida! Yo lo hice. Salté la tapia de noche, entré en el cementerio y regresé. A los muertos les traía sin cuidado, pero nosotros corríamos como si el mismísimo diablo nos persiguiera.
¡Sí, he sido un “Goonie” toda mi vida!
Y también he sido Elliot. Mientras escribo, junto a la pantalla del ordenador, hay tres pequeños muñecos. Uno es E.T. Con eso, está dicho todo. Vale más que mil palabras.
Hace unos meses coincidí con mi amigo Javier Sierra en el castillo de Ponferrada para grabar parte de uno de los episodios de su serie “Otros Mundos” que se emite en Movistar. Íbamos a charlar sobre el Temple, pero las más de cinco horas de rodaje dieron para hablar entre nosotros de muchas más cosas. Por ejemplo, de la mirada de niño que él cree que yo aún mantengo y yo creo que él tampoco ha perdido.
En la portada de mi novela “La pintora de bisontes rojos” Javier dice que <<Mariano F. Urresti no sólo tiene esa mirada de niño que le hace contemplar el mundo sorprendido, sino que tiene el don de contagiarla a sus lectores utilizando la magia de las palabras. Es un talento que admiro>>
Fue Javier muy generoso en su comentario, pero en el fondo me está definiendo como un “Goonie”. Aún podría llorar de emoción si viera el barco de Willy “el tuerto” o si el corazón de E.T. volviera a latir y su dedo luminoso tocase mi frente.
Es más, creo estar seguro de poder reclutar para mi banda de “Goonies” a media docena de amigos más. Como a mí, les apasionan los misterios. Son escritores o divulgadores. Si diera sus nombres, seguro que los conocéis. Y también podría deciros otros que debieron ser “Goonies” hace tiempo, pero se les olvidó. A veces, tengo miedo de que a mí también me suceda. Que los desengaños o las injusticias me enturbien la mirada y agrien mi alma hasta el punto de no sorprenderme si viera el barco de Willy “el tuerto”.
Pero, al menos de momento, puedo decir que he sido un “Goonie” toda mi vida. No cuando era un niño, sino siempre. Hoy también es siempre.

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