Hace 13.000 años, la boca de la cueva de Altamira se derrumbó. Las rocas sellaron su entrada impidiendo que nadie pudiera conocer la existencia de una cavidad situada a 200 metros del umbral, en la pared izquierda. Se trataba de una hendidura de 9 metros de ancho por 18 metros de longitud cuya entrada tenía una altura de 2 metros pero que, hacia el interior, descendía hasta situarse el techo a poco más de un metro sobre el suelo.

Una profunda grieta recorre el techo de esa estancia dividiéndola en dos partes casi iguales en dimensiones, pero no en contenido. Al sur de la grieta, el chamán cavernario había pintado figuras rojas (preferentemente caballos y diversos grabados) aprovechando que era la zona que recibía algo de luz solar. Durante mucho tiempo se creyó que eran figuras del período Solutrense (hace 18.000 años), pero recientemente se ha podido demostrar que algunas de ellas son aún más antiguas, del período Gravetiense (entre 21 y 27.000 años atrás).

Pero lo más extraordinario se encontraba en la parte norte delimitada por la grieta en el techo, una zona oscura en la que la sedimentación de las calizas había provocado la aparición de bultos en la roca. Tal vez por eso los chamanes más antiguos habían desestimado esa zona como lienzo para los ritos mágicos.
Sin embargo, una mano o manos maravillosas (según Picasso, desde Altamira todo es decadencia) llevó a cabo la obra de arte más extraordinaria de todos los tiempos durante el período Magdaleniense (alrededor de 14.000 años atrás) Los bisontes rojos de Altamira darían la vuelta al mundo siglos después. Algo que no podían sospechar los cazadores paleolíticos cuando celebraban misteriosos rituales guiados por la mano firme de su chamán.

Ninguna maravilla de cuantas he podido ver en mis viajes fue tan extraordinaria como la que se encuentra a un paso de mi casa.

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