En pocos lugares de los que he visitado me he emocionado tanto como en el cementerio norteamericano de Omaha Beach, en Normandía. Y no solo en él. También en el camposanto británico de Ranville, y en otros memoriales de esa región francesa en la que se rinde homenaje a miles de jóvenes –muchos de apenas veinte años- que entregaron la vida en defensa de la libertad. Junto a sus cruces y estrellas de David blancas, evoqué en silencio la historia de un espía español que hizo posible el éxito de una misión casi suicida a la que los aliados dieron el nombre de Operación Overlord, que se puso en marcha el día D (6 de junio de 1944) y que cambió el signo de la Segunda Guerra Mundial.

Para entender por qué este episodio figura entre mis 40 principales no me referiré al papel que los magos y psíquicos de ambos bandos jugaron en esta guerra, sino al extraordinario plan de engaño diseñado por los muchachos bajo el mando del genial Wiston Churchill, que llegó a hacer una declaración falsa ante la Cámara de los Comunes hablando de varios desembarcos para hacer aún más creíble la trama.

Los nazis estaban convencidos de que el desembarco aliado tendría lugar en Calais. Era lo lógico, puesto que desde Dover solo 32 kilómetros los separaban del continente, y necesitarían un puerto para establecer una cabeza de playa para los vehículos y el ingente material militar. Además, necesitaban hacer prevalecer su dominio en el combate aéreo, y la autonomía de un Spitfire de la RAF (Royal Air Forces) era de 240 kilómetros, lo que obligaría a los aviones a volver de inmediato a suelo inglés si se decidían a desembarcar en los gigantescos arenales normandos, mientras que en Calais podrían volar más tiempo sin repostar. Por último, si tomaban Calais, los aliados tenían vía libre y en línea recta hacia el Ruhr, el corazón industrial alemán.

Sin embargo, Hitler demostró su inteligencia haciendo ver a sus generales que aquellas ideas eran tan lógicas, tan previsibles, que no se las creía, y expuso su temor a que el desembarco fuera en las penínsulas de Bretaña y Cotentin. Sus generales, no obstante, dudaron de su criterio, pero aún así la Wehrmacht dispuso un sistema defensivo a lo largo de la costa del norte francés, el llamado Muro Atlántico, aparentemente infranqueable, y a su frente estuvo el experimentado Erwin Rommel.

De manera que para desembarcar en Normandía con una mínima posibilidad de éxito, además de un tiempo favorable (la climatología estuvo a punto de arruinar la estrategia) se precisaba engañar a los alemanes haciéndoles creer que el desembarco tendría lugar en Calais para que concentraran allí el grueso de sus unidades panzer. Con ellas en Normandía, no tendrían ninguna posibilidad de salir vivos de las playas de Omaha, Utah (en ambas desembarcarían los norteamericanos), Juno (debían tomarla los canadienses), Gold y Sword (objetivos de los británicos) Y para lograrlo el hombre clave fue un español, un agente doble que logró engañar a los nazis hasta el extremo de ser condecorado con la Cruz de Hierro incluso después del Desembarco. Alemania jamás sospechó que aquel catalán sería condecorado igualmente por los aliados. Aquel hombre extraordinario se llamó Jordi Pujol García, “Garbo” para los aliados, y “Arabal” para los nazis.

Pujol pasó información veraz a los nazis, e incluso murieron inocentes gracias a sus informes, porque en los planes de Churchill se contempló que era preciso que los datos de “Garbo” fueran correctos para que, cuando llegara el momento, los nazis picaran en el anzuelo. Pujol, que había luchado contra Franco en la guerra civil española, se sumó al cuerpo de espías británico (MI6) no sin ciertas dificultades. Era un demócrata convencido y se inventó una red compuesta por una veintena de falsos espías (galeses, gibraltareños, españoles exiliados, una antigua secretaria del MI6 despechada…) que le pasaban imaginarios informes (muchos de ellos ciertos, como digo, para que la mentira posterior tuviera éxito) que finalmente confundieron a los alemanes demorando su respuesta defensiva el día 6 de junio de 1944. El Día D. El día que cambió el signo de la guerra y, tal vez, el del futuro de Europa y del mundo.

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