En Renania del Norte-Wetsfalia existe un pueblo llamado Wewelsburg, y en lo alto de una colina hay un castillo absolutamente siniestro y no menos fascinante. En 1934, Heinrich Himmler, jefe supremo de las SS (Shuttz Staffel) se hizo con su propiedad y comenzó a transformarlo en la sede de una sociedad secreta, la Orden Negra, a la que pertenecía un núcleo limitado y selecto de los hombres que lucían en sus uniformes la doble runa Sieg.

 

No se puede entender a Adolf Hitler y al nazismo sin el esoterismo del que se rodeó este oscuro movimiento político. Resultaría imposible resumir en pocas líneas la prehistoria del partido nazi y su vinculación con grupos espiritualistas de carácter pagano que pretendían recuperar el orgullo nacional alemán apelando a los mitos germánicos. Influenciados por la música de Wagner, por las novelas de Karl May, y por textos mitológicos nació la Orden del Nuevo Temple, la revista “Ostora” y, especialmente, la Sociedad Thule creada en 1912 por Rudolf von Sebottendorff. A ella perteneció, entre otros, Heinrich Himmler.Convencidos de la existencia de unos seres a quienes llamaban Superiores Desconocidos y con quienes anhelaban contactar, Himmler constituyó a su alrededor un grupo de iniciados, la Orden Negra, que tendría su corazón en el castillo de Wewelsburg, en cuya restauración invirtió una fabulosa cantidad de dinero. Allí se tomaban decisiones políticas, pero también se llevaban a cabo ceremonias cuya naturaleza última se desconoce. Existe una cripta con doce asientos de piedra alrededor de una enorme esvástica destinados a los líderes de dicha organización, y contaba con una biblioteca de doce mil volúmenes sobre magia y ocultismo.

Himmler, que se creía la reencarnación del rey Enrique el Cazador, fundador de la casa real de Sajonia, pretendía construir un nuevo estado ario desde este centro de poder y magia. Para fortalecer el poder ario, se crearía la Ahnenerbe, un instituto con amplias pretensiones culturales que, entre otras misiones, tenía la de buscar por todo el mundo reliquias que pudieran acrecentar el poderío nazi, caso del Arca de la Alianza, la Piedra del Destino, las calaveras de cristal, el Santo Grial o la Lanza de Longinos.

La intrahistoria de ese terrible movimiento sociopolítico ejemplificada en el castillo de Wewelsburg, me parecía que debía ocupar un lugar en esta lista de mis principales enigmas históricos.

 

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