En esa época imprecisa en que los dioses trabajaron por vez primera –y algunos creen que única-, en esas fechas míticas en que todas las cosas fueron dispuestas, Zeus tuvo la genial idea de soltar dos águilas desde puntos opuestos del mundo. Las dos aves se cruzaron en lugar mágico que fue considerado durante más de mil años el centro del planeta, el lugar más sagrado y más enigmático de la Tierra. Se trataba de un punto de la antigua Fócide colgado a una altura de unos 500 metros de las faldas del mítico Monte Parnaso. Aquel lugar sería el ombligo del mundo y una piedra simboliza aún hoy el ónfalos. Y allí el dios Apolo habló por boca de la sibila durante más de mil años, hasta que el cristianismo cerril del bizantino Teodosio arrasó el enclave en 393 d.C.

Dos piedras recuerdan al visitante que está en el centro del mundo. La primera está en el museo de Delfos y es réplica de la que se encuentra el visitante en el complejo arqueológico a un paso de donde en el siglo VI a.C. los Beocios y los Potideos tuvieran sus tesoros o edificios con sus ofrendas al dios Apolo. Esas piedras hablan de la extraordinaria antigüedad del lugar como emplazamiento sagrado.

A partir de los siglos VI al IV a.C. la importancia del templo de Apolo fue enorme. Miles de devotos acudían aquí en busca del apoyo del dios y de las predicciones de su oráculo. Se multiplicaron las donaciones de los fieles y de las ciudades, que terminaron por competir entre sí, y eso obligó a los sacerdotes a construir pequeños edificios o depósitos denominados tesoros para poder acoger las donaciones: cascos, escudos, estatuas, calderos…Aún hoy el visitante podrá ver los restos de esos edificios y admirar la reconstrucción que se ha hecho del tesoro de los Atenienses en 1906. El original había sido erigido tras la victoria en Maratón.

Algunas fuentes afirman que la misteriosa dama que se convertía en pitia o profetisa debía tener más de cincuenta años; otros no parecen estar de acuerdo, pero en todo caso algo que todo el mundo ignora se producía en el interior de aquella habitación situada en los más recóndito del templo. Un lugar seleccionado por los dioses con algún motivo, de eso no cabe duda, y no puede ser casual que justamente allí, sobre el mismísimo asiento en el que la dama se sentaba para profetizar, todavía hoy se mantenga abierta una grieta en la tierra a través de la cual brotan vapores que inducían al trance extático. Pero al parecer, para que tal estado alterado de conciencia se produjera, era preciso masticar al mismo tiempo hojas de laurel, y eso es lo que hacía la pitia.

Realmente, a pesar de que los autores cristianos se esforzaron en presentar a la pitonisa como una mujer desgreñada y fuera de sí balbuceando extrañas frases como si estuviera poseída por el demonio, que era justamente la imagen burlona que los cristianos pretendían dar, lo cierto es que prácticamente nada se sabe sobre la ceremonia de consulta.

Pierre Amandry, quien fuera director de la Escuela de Arqueología Francesa de Atenas y dirigió excavaciones en Delfos durante cincuenta años, asegura que la Pitia “se sentaba sobre un trípode al fondo del templo de Apolo, en el adyton. Los consultantes, después de haber realizado un sacrificio y pagado unas tasas, se presentaban ante la profetisa y hacían su pregunta oralmente, según se cree: en Delfos no se ha encontrado nada parecido a las laminillas de plomo sobre las que se grababan las preguntas al oráculo de Dodona”.

El día de la consulta era el séptimo del mes Bisio (febrero-marzo). Sin embargo, a partir del siglo VI a.C. la clientela aumentó de forma tan espectacular que era imposible contentarla con un único día de consulta al año, de modo que el oráculo comenzó a funcionar todos los días séptimos de cada mes, salvo en invierno. ¿Y eso por qué? Pues porque la tradición afirmaba que el dios Apolo se marchaba de Delfos en esa época dejando el lugar libre a Dioniso.

Durante esos siglos de esplendor los sacerdotes debieron elegir con cuidado a la mujer que ostentaría el cargo de pitonisa. Vestida de ropa blanca, la mujer debía tener algo extraordinario para abandonar familia y pasado y recluirse hasta su muerte en un recinto privado e inaccesible para los demás. La mañana de la consulta la pitonisa se lavaba y bebía agua de la vecina y mítica fuente Castalia, donde también harían sus abluciones los fieles, que serían conducidos en procesión hasta el templo por los sacerdotes tras los sacrificios de rigor y el pago del tributo llamado pélanos.

No está claro si fue el edicto de Teodosio en el siglo IV de nuestra era el causante del desastre, aunque probablemente así fue. Y una mañana luminosa yo mismo le pregunté a una invisible sibila ¿qué sabidurías enterró el fanatismo cristiano? ¿Dónde estaba Dios y dónde Apolo para evitarlo? ¿Por qué los hombres destruyen con tanto afán en nombre de dioses que no están presentes?

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