El inicio de la Orden de los Caballeros Templarios es difícil situarlo incluso para quienes se apuntan al supuesto rigor histórico. Se ha barajado el año 1118 tanto como el 1119 (sobre este último incluso se afina más la puntería asegurando que ocurrió el hito el día 25 de diciembre). En cambio, parecen tener menos dudas sobre su desaparición, y afirman sin temblor que ocurrió el 22 de marzo de 1312, cuando el papa Clemente V resolvió la supresión de la orden. Es decir, que los acontecimientos se extienden por espacio de dos siglos, el XII y el XIII. En cambio, los bostezos del siglo XIV conocerían, según esta versión, los estertores de los monjes-soldados.

A la hora de buscar fuentes históricas siempre se suele mirar hacia los relatos de Guillermo de Tiro o de Jacques de Vitry. El primero de ellos nació en 1130 en Palestina, por tanto ya habían tenido lugar los hechos que supusieron la aparición de los templarios, y este cronista, de quien se dice que fue canciller del reino de Jerusalén en 1174 y obispo de Tiro un año después, debió beber en otras fuentes anteriores o se inspiró en lo que se le refirió oralmente. Era rey Amalrico I (1163-1174) cuando escribió su obra “Historia rerum in partibus transmarinis gestarum”.

La segunda fuente, la del historiador y obispo de Acre Jacobo de Vitry en el siglo XIII, es “Historia orientalis seu hierosolymitana”. Ambos textos hablan de la llegada de Hugo de Payns, Godofredo de Saint-Omer y sus compañeros –a los que más tarde se sumó Hugo de Champaña- ante el rey Balduino II. Mencionan su devoción a Dios y su propósito de defender a los peregrinos que viajaran a Tierra Santa.

Sucede que esos relatos tiene un punto débil, según yo lo veo, y es la entusiasta recepción que Balduino II les otorga, hasta el extremo de concederles en usufructo parte de su propio palacio, regalo inaudito para unos desconocidos cuyo propósito, la defensa de los peregrinos, jamás fue puesta en práctica. No hay una sola crónica de la época que les mencione participando en alguna batalla o escaramuza contra el infiel durante los nueve años que estuvieron en allí.

Guillermo de Tiro dice que el rey les instala “cerca del Templo del Señor”; es decir, en la mezquita Al-Aqsa, puesto que allí se supone que otrora estuvo el Templo de Salomón. De ahí vendrá después el nombre de la Orden de los Pobres Conmilitones del Templo de Jerusalén; más abreviadamente, Templarios.

Pasa allí lo mismo que luego veremos en Europa: llegan las donaciones sucesivas y los nueve recién llegados se acaban haciendo con toda la explanada del Monte Moria, y suya pasa a ser la Roca y sus alrededores. A partir de ahí, hacen obras, aparejan y demuelen, alzan silos y refectorios, ponen cerco al pedrusco sagrado y sin mediar palabra le adornan con un altar, recuperan para su uso los amplios subterráneos del viejo templo para sus caballerías… ¿Y qué más hacen? No lo sabemos, pero dejemos eso para otro de los 40 principales.

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