¿No será que lo verdaderamente mágico no es el muerto, sino el lugar del entierro? A esa conclusión llegué en este lugar después de hacer en tres ocasiones el Camino de Santiago (ver mis libros “Un viaje mágico por el Camino de Santiago” o “Los templarios y la palabra perdida”).

Resulta difícil creer que en Santiago esté enterrado el Zebedeo –las pruebas son tan endebles e increíbles, que en ningún juicio razonable sería tomadas en consideración-, por lo que otros prefieren creer que en la catedral está enterrado el herético obispo Prisciliano. Yo, tras jugar al juego de la oca a lo largo del raíl telúrico precristiano que en mi opinión es el Camino de Santiago, creo que este lugar representa a la Muerte, no a un muerto concreto. Y el juego consiste en trascender la Muerte. Un juego de iniciación con aromas que me resultan conocidos.

Para empezar, a partir de la cripta se traza el plano del recinto, que se dispone en forma de cruz pateada, emblema templario, cuyos brazos están separados formando ángulos de 36 grados (otra vez el número 9, pues eso resulta si sumamos el 3 y el 6). Y también se superpone en el plano de la iglesia, siempre con la cripta como centro, el pentáculo de Salomón, el hijo de David y constructor del primer Templo de Jerusalén. Y las puntas de ese pentáculo también se abren al mundo en un ángulo de 36 grados.
¿Y qué es el Pórtico de la Gloria sino un guiño fantástico a la iniciación?

En la actualidad está cobijado tras la monumental fachada del Obradoiro. Sirvió para sustituir una obra anterior que se supone ejecutada por el maestro Esteban, el autor de la fachada de las Platerías. El encargo recayó en el misterioso maestro Mateo, del que nada se sabe -ni procedencia, ni su edad ni su verdadera intención con esta obra- Se supone, eso sí, que trabajó en Santiago entre 1166 y 1202, y de aquellas manos salieron las imágenes que ahora contemplamos, o que nos contemplan, que nunca he tenido muy claro qué es lo que realmente sucede.

El Pórtico de la Gloria tiene algo más de 17 metros de largo y casi 10 metros de altura. Se supone que se concluyeron sus trabajos en 1188 y su temática pudiera ser considerada como exquisitamente ortodoxa en las formas, si bien es muy posible que fuera heterodoxa en el fondo. Las ideas del románico se entremezclan con las soluciones de un futuro gótico de algún modo. Las piezas son exquisitas, pero esconden en el juego de las medidas y números guiños para el buscador peregrino que, por espacio, no podría compartir en esta breve reseña. Otro día, tal vez.

 

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