Dicen que la historia empezó en Sumer. Lástima que no podamos decir de dónde llegó el misterioso pueblo sumerio. La escritura es la baliza que separa claramente la prehistoria y la historia antigua. Y esta última, echando mano de todas sus armas (arqueología, papirología, numismática, epigrafía, filología…) suele estimar que las primeras grandes civilizaciones florecieron en Egipto, Mesopotamia y la India. Todas ellas tenían elementos comunes: empleo de la metalurgia, escritura, cerámica, empleo de ladrillo en las construcciones, cerámica, orfebrería, ganadería, agricultura y una tosca organización político-social.nosotros vagamente intuimos.

Se suele decir que en la sumeria ciudad de Uruk apareció el primer intento serio de escritura empleando unos caracteres que fueron interpretados como sílabas. También se ha llegado al acuerdo de que su aparición pudo deberse a la necesidad de contabilizar el movimiento del incipiente comercio. Pero la arqueóloga Denise Schmandt-Besserat ha afirmado que existía ya un sistema de cuentas de ese tipo grabado sobre restos de cerámica en época mucho más antigua, tal vez hacia el 8.000 a.C., con lo que algo comienza a no casar en la interpretación tradicional.

Parece ser que un sucesivo perfeccionamiento de esa primitiva escritura gestaría el modelo cuneiforme o incluso el jeroglífico egipcio. El último avance sería la aparición del alfabeto, donde un sonido individual de un lenguaje era apresado y codificado en un símbolo escrito. Y se cuenta que mesopotámicos y fenicios fueron sus creadores. Estos últimos idearon un alfabeto de 22 letras alrededor del año 1.700 a.C.

Pero esa narración lineal de la historia topa con incómodas realidades. Según autores como Christopher Knicht, Robert Lomas y otros heterodoxos investigadores anglosajones se pueden advertir sospechosas similitudes entre los signos cuneiformes de Uruk y algunos petroglifos megalíticos irlandeses. Es más, afirman que en Vratsa, Transilvania, se han descubierto inscripciones que parecen formar parte de la misma familia cultural. Pero, ¿cómo es posible tal cosa si estas últimas tienen una antigüedad de entre 6.000 y 7.000 años? ¿Acaso existía una herencia común? Y si la hubo, ¿de dónde vino?

No podemos responder a esa pregunta impertinente, que no es sino la misma a la que son incapaces de dar respuesta los historiadores cuando se les interroga sobre el origen de los sumerios. Y si se asegura que la historia comenzó con ellos y resulta que autoridades en la materia como Josef Klíma reconocen que “no disponemos de ninguna base científica segura sobre el problema del origen de los sumerios”, resulta evidente que la ortodoxia está en un aprieto.

No ha habido manera de establecer el origen de este enigmático pueblo. Ni desde el punto de vista antropológico ni lingüístico hay respuesta definitiva a propósito del lugar del cual vinieron, a pesar de que se ha querido emparentarlos con pobladores del bajo Indo porque, dicen, existe cierto parecido entre la lengua sumeria y las lenguas dravídicas. Pero incluso admitiéndose esa posibilidad, se plantearía un nuevo enigma a propósito de cómo pudieron llegar hasta las orillas de los ríos Tigris y Éufrates. ¿Llegaron por mar? ¿Atravesaron montañas y desiertos?

Otros creyeron encontrar su origen en el Cáucaso o en Etiopía, pero esa disparidad de opiniones lo que deja al descubierto es la incapacidad de responder satisfactoriamente no solo al origen de ese misterioso pueblo, sino también al momento en que llegó a esta región de Oriente Medio. Y que no era un pueblo autóctono lo prueban, entre otras muchas cosas, la existencia de nombres presumerios de ríos y ciudades (caso de los mismísimos Éufrates y Tigris o de ciudades como Nippur o Ur, entre otras). Es decir, que había en esas tierras gentes, pero su desarrollo se ve súbitamente alterado por la llegada en un momento ignoto de un pueblo enigmático que les hace dar un espectacular salto cultural. Brota como por ensalmo la sabiduría: arquitectura, escritura, astronomía, medicina…

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