Lo confieso: soy un apasionado de la siniestra historia de Jack el Destripador. Quien haya leído mi novela “Las violetas del Círculo Sherlock” ya lo sabe. La historia de Jack es fascinante porque fue el primer gran asesino en serie contemporáneo, porque tuvo la audacia de bautizarse a sí mismo con semejante apodo, porque aún siendo un personaje histórico parece legendario, porque jamás se conoció su identidad, y eso ha engrandecido al mito.

En 1888, Londres contaba con seis millones de habitantes. Pero en realidad había dos ciudades. Por un lado estaban los caballeros y las damas que habitaban en Kensington, Westminster o Trafalgar Square; por otro, los 600.000 harapientos vecinos del East End. Los barrios de Spitalfields y Whitechapel –dos kilómetros cuadrados de miseria- estaban repletos de burdeles (la policía tenía contabilizados 72) y de cientos de prostitutas-. Ése fue el coto de caza de Jack, que ocupa un puesto en mi álbum de los 40 principales por derecho propio.

Su historia se escribe con la sangre de Mayr Ann Nichols (asesinada en Buck´s Row en la noche del 31 de agosto de 1888), Annie Chapman (degollada y eviscerada el 8 de septiembre en el patio del número 29 de Hanbury Street), Elisabeth Stride (degollada el 30 de septiembre en Dutfield’s Yard), Catherine Eddowes (degollada y eviscerada en Mitre Square la misma noche del 30 de septiembre), y de Mary Jane Kelly (degollada y brutalmente mutilada en el número 13 de Miller’s Court).

¿Fueron sus crímenes la puesta en escena de un ritual masónico? ¿Tuvo algo que ver la familia real británica en aquellos asesinatos? ¿Fueron obra de un maníaco cualquiera? ¿Tenía o no conocimientos de anatomía el asesino? ¿Por qué cesaron los crímenes tras la muerte de Mary Kelly? ¿Por qué esas mujeres? ¿A cuento de qué esa puesta en escena? ¿Cómo es posible que nadie viese ni oyese nada? ¿Hubo un “rippergate” que explique el motivo por el que desaparecieron muchos de los informes sobre este asesino?

Mil preguntas que se han formulado y que yo mismo he repetido en voz alta. Aún estoy aguardando la respuesta. Sé que un día llegará… desde el infierno.

 

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