Así titulé mi segunda novela. Seguir la sombra de Miguel Ángel en Florencia y Roma ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Por eso está aquí, en mis cuarenta principales. Porque él, que no era tan bello como Leonardo, ni tan glamuroso como el de Vinci, a quien odiaba, fue superior en todo, incluso en iniciación. Y, si se saben leer, sus obras lo demuestran.

Muchas noches, Miguel Ángel leía a Dante.

La tradición proponía para la representación del Juicio Final a un Cristo interpretado como un juez justo que separaba con mano de hierro a los bienaventurados de los condenados, y los primeros no regalaban ni siquiera una mirada piadosa a los descarriados mientras eran propulsados hacia la bondad del paraíso. Eso era lo que decía la tradición.

Pero Miguel Ángel, muchas noches leía a Dante. Y formaba parte de los “Espirituales”, un grupo de inquietos buscadores de lo trascendente liderados por su amiga la poetisa Vittoria Colonna. Todos ellos, seguidores del reformista –hereje a ojos de la Iglesia-, Juan de Valdés.

Y Miguel Ángel ideó un “Juicio Final” inédito, camuflando en él las claves de su reinterpretación del cristianismo y su acerada crítica a la Iglesia. Se trataría de una escena gigantesca en la que se diferenciarían tres sectores coronados por dos lunetas en las que grupos de ángeles sin alas llevarían volando la columna en la que Jesús fue azotado y la cruz en la que lo mataron. Y Cristo aparecería como un juez sin piedad, colérico. Y como Buonarroti solo creía posible advertir a Dios en la belleza de los cuerpos humanos, el de Jesús y el de la Virgen serían más grandes que el resto, dotando a Jesús de una anatomía escultural y de un gesto cargado de “terribilitá”. Alzaría el brazo derecho, separando cielo e infierno, y trazando una frontera infranqueable entre salvados y condenados.

Pero, ¿qué rostro podría a aquel Jesús? Pues para mayor burla de la Iglesia, tendría el de su amado Tommaso di Cavalieri. Y puestos a irritar al papa, dotaría a la Virgen del rostro de su amiga Vittoria Colonna. Y quien tenga ojos para ver, descubrirá bajo el velo la nariz gruesa y los ojos tristes de su amiga poetisa.

Sin embargo, ni siquiera los bienaventurados estarían en paz. Se advierte en sus rostros el tormento, sabedores de que otras almas están condenadas. Incluso padecen los apóstoles, como San Pedro, cuyo rostro se inspiró en el papa Pablo III. Y retrataría al odiado maestro de ceremonias vaticano, el agrio Bagio de Cesena, en la figura de Minos, el juez que en las puertas del infierno decide la suerte de los recién llegados. Y los demonios, al contrario de lo que decía la tradición pictórica, no serían una degeneración o una mutación asquerosa de la belleza de los ángeles, sino que tendrían un cuerpo humano exactamente igual de escultural que ellos. Únicamente los diferenciaría el tono oscuro de la piel y la expresión malvada de su rostro.

¿Y él? ¿Dónde estaría Buonarroti en aquel gigantesco mural? Para un iniciado, para alguien que ha muerto en vida y ha resucitado, ningún lugar más idóneo para retratarse que como el pellejo, la piel desollada, de San Bartolomé. Y, quien tenga ojos para ver, verá allí su autorretrato.

 

Usamos cookies para brindarle la mejor experiencia en línea. Al aceptar que acepta el uso de cookies de acuerdo con nuestra política de cookies.

Privacy Settings saved!
Configuracion de Privacidad

Cuando visita cualquier sitio web, puede almacenar o recuperar información en su navegador, principalmente en forma de cookies. Controle sus Servicios de cookies personales aquí.

Estas cookies son necesarias para que el sitio web funcione y no se pueden desactivar en nuestros sistemas.

Para utilizar este sitio web utilizamos las siguientes cookies necesarias técnicamente
  • wordpress_test_cookie
  • wordpress_logged_in_
  • wordpress_sec

Rechazar todos los servicios
Acepto todos los servicios
Ir al contenido