En 1099, coincidiendo con la llegada de los primeros cruzados, Jerusalén tenía la forma aproximada de un paralepípedo, aunque algunos planos, como el del manuscrito de Cambray (1150) reducen el solar a un rectángulo dividido por dos arterias principales. Pero a nosotros lo que nos interesa es la zona sacra, y ahí topamos con un enclave cristiano y otro musulmán.

En la zona cristiana está el Santo Sepulcro, destino final de los peregrinos. En el lote debemos incluir una Rotonda o Anástasis, restaurada en 1048 y en cuyo interior está la última morada de Jesús para los creyentes, y una basílica que fue consagrada el 15 de julio de 1149. Hay otras iglesias en esta zona que se erigieron años atrás, caso de la Santa María la Latina, la de Santa María Magdalena o la de San Juan el Bautista.

En la zona musulmana está el meollo del misterio. Desde que Mahoma se había ido a los cielos, al Islam le dio por crecer enormemente. En el siglo VI de nuestra era Omar I había entrado en la Ciudad Santa. En 685 el califa Abb-el-Malik hizo de Jerusalén un centro de peregrinación musulmana y entre el año 685 y 750, las piedras se mueven con diligencia siguiendo los planos de insignes constructores omeyas. El resultado fue la aparición de una pequeña mezquita octogonal llamada por sus dueños Kubbat-el-Silsileh, o Cúpula de la Cadena; otra imponente que responde al nombre de Kubbat-el-Sakhra, o Cúpula de la Roca; y otra conocida como Kubbat-el-Aqsa.

La Cúpula de la Roca tiene una serie de ingredientes a subrayar. Por un lado, su forma poligonal, como si se pretendiera abrigar con un triple recinto su sagrado centro; por otro, es éste un paraje en el que es fácil que lo trascendente ocurra. Le sucedió en otros tiempos a Abraham, cuando Yavé evitó que sacrificase a su hijo Isaac. Y también le ocurrió a Jacob, que vio en sueños una escala que conducía al cielo. E incluso Mahoma se fue desde aquí al cielo a lomos de su mula, animal sin par donde los haya.

Los cruzados habían secularizado Al-Aqsa y desde 1104 se convirtió en residencia real con Balduino I. Cuando en 1118 llega el señor de Payns con sus compañeros, allí está viéndolas venir Balduino II. Pero ese encuentro bien merece un número propio en los 40 principales.

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