En la empuñadura del siglo XII, el papa Inocencio III, harto de perder fieles y diezmos, mandó armar a los cruzados contra los cristianos. ¿Qué podemos decir de un papa así? Poco bueno y mucho malo, de modo que callémonos y contemos lo que pasó.

En 1209 los guerreros del papa se juntan en Lyon. Si les hubiéramos podido contar, nos saldrían unos veinte mil jinetes y el doble de infantes. Los cátaros no empuñan armas y los señores del Languedoc son pocos y más débiles. Como es lógico pensar, debía ser un paseo militar.

Llegan las matanzas. Los cátaros mueren como moscas mientras trepan a riscos de difícil asalto buscando burladero. El 22 de julio las bestias cruzadas acampan a las afueras de Béziers. Se prepara el asalto y el legado del papa ordena: ¡”Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos!”. Y así se hizo: no se respetó ni ancianos, ni a mujeres ni a niños. Ya se sabe: “Deus volt”.

Mas he aquí que a medida que la cruzada albigense avanza triunfal, un peñasco se hace grano en el trasero del papa, de sus dominicos y del despiadado Simón de Montfort, un normando que era el jefe militar de las mesnadas vaticanas y cuyo nombre aún da pavor por el Languedoc. Ese grano era la fortaleza de Montségur.

Sus restos se pueden ver aún en el departamento de Ariège (sureste francés), izado sobre el monte Tabo, tomando el fresco a 1272 metros de altura. Había sido reconstruido por orden de Raimundo de Blasco entre 1205 y 1211. Sin embargo, no fue elegido el lugar por capricho ni tampoco su diseño parece responder a la mera acción de juntar piedras.
Dicen que en lo alto de aquella aguja calcárea había en otro tiempo un templo solar (una vez más, los cultos paganos muestran el camino) Y hay autores que afirman que el edificio está dispuesto de tal forma que puede señalar con toda precisión las posiciones del Sol. Estamos, al parecer, en una suerte de observatorio astronómico.

Aquel castillo, y los cátaros que lo habitaban, custodiaban un secreto. Al menos así lo creyó el investigador nazi Otho Rahn en los años treinta, identificando el lugar como el mítico castillo Muntsalvatge del poema de Wolfram von Eschenbach, allí donde unos caballeros templarios custodiaban el Grial.

Para más emoción, en marzo de 1243 el senescal de Carcassonne, Hugues de Arcies, es impelido por sus superiores a tomar el castillo. No tardará en sitiarlo, pero los de adentro resisten y son surtidos de alimentos, al abrigo de las peñas y las oscuridades, por gentes del lugar. Se decide entonces por parte de las cerriles tropas católicas tomar la fortaleza caiga quien caiga.

Al final, se ofrece un pacto a los encastillados. Se les perdona la vida si renuncian a sus creencias. Y entonces, llega lo mejor de la historia, puesto que la tradición ocultista afirma que cuatro cátaros se descuelgan por las rocas una noche llevando consigo el mítico tesoro que anhelaba la Iglesia y que, al parecer, ellos custodiaban. Se han escrito incluso el nombre de alguno de los héroes: Pierre Roger de Mirepoix, Mathéus, Bonnet y Pichel de Vino o de Potevin. Como se ve, no hay acuerdo unánime en los nombres de pila de los prófugos, pero eso no importa tanto como saber qué llevan en un fardo. Porque el gran secreto cátaro pudo haber sido el Grial. Otra cosa será ponerse de acuerdo sobre la naturaleza del mismo.

El resto de los encastillados no cederá a la presión de la Iglesia, y, como de costumbre, en nombre de Dios se prende una hoguera en el descampado próximo al castillo llamado Campo de los Quemados. Más de doscientos cátaros salieron de Montségur. A ella se dirigieron sin pestañear los cátaros, devorados finalmente por las lenguas de fuego. Preferían la muerte a abjurar de sus ideas. La naturaleza de su secreto quedaba a salvo, como el objeto de la ceremonia que llevaron a cabo antes de entregarse.

(más información en mi libro “Los templarios y la palabra perdida”)

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