Al cruzar la Puerta de los Leones de Micenas rendí mi particular y minúsculo homenaje a Heinrich Schliemann (1822-1890), un personaje de esos cuya biografía no deja indiferente a nadie. Su vida y obra están adornadas por luces y sombras intensas, pero yo me quedo con su espíritu aventurero y soñador; por haber sido el primer tipo que, tras leer a Homero, concluyó que todo cuanto sus versos decían era cierto, que Troya había existido y no era un mito. Y con un poema por mapa del tesoro, fue capaz de descubrir Troya frente a la opinión unánimemente en contra de la ortodoxia histórica. Y no contento con ello, se lanzó después a la búsqueda de Micenas, y la encontró.

Dicen que durante las excavaciones tropezó con una máscara de oro (se puede admirar en el Museo Nacional de Atenas) y dijo: “He mirado a la cara de Agamenón”. Más tarde se sabría que la máscara era trescientos años más antigua de lo necesario para haber pertenecido a un guerrero de los que participaron en la toma de Troya, pero ése es un detalle menor para un sueño.

Schliemann descubrió Micenas en 1874. Se trata de uno de los ejemplos más complejos de este tipo de arquitectura. El término micénico se aplica a una cultura que abarca, aproximadamente, del 1700 al 1100 a.C. Este complejo palaciego fue abandonado en 1100 a.C.

Al caminar por entre las ruinas de la ciudad por donde caminó Atreo y, sobre todo, donde reinaron Agamenón y su esposa Clitemnestra me estremecí. Imaginé las voces de los guerreros sabedores del ultraje que Paris, hijo de Príamo, el rey de Troya, había cometido raptando a Helena, la esposa de Menelao, hermano del propio Agamenón. Imaginé a Ulises urdiendo sus habituales tretas, a Aquiles, a Ájax… Todos con la mirada puesta en el mar, dispuestos a restituir el honor de Menelao y el de todos los aqueos. A lo lejos, soñé, estaría Héctor aguardándolos sobre las murallas de Troya.

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