La primera vez que la tuve delante de mí, la primera vez que entré en su interior, la primera vez que llegué hasta la Cámara del Rey, la primera vez que toqué sus piedras jamás la olvidaré.

No mencionaré ahora ni sus nada casuales medidas, ni el peso de sus ciclópeas piedras, ni el modo que en que fue construida. Lo que me preocupa es el tiempo del érase una vez, que es adonde Gizé me envió sin mediar palabra.

Existe un centenar de pirámides en Egipto, pero sin duda todas son copias menores de cinco de estas construcciones. Dos de ellas están en Dashur y tres en la meseta de Gizé. Y la atribuida al faraón Keops es la mayor de todas ellas.

Los historiadores dicen que su construcción representa la culminación de una evolución, científica y filosófica, que tiene sus orígenes en los albores neolíticos de la cultura faraónica. Pero me resulta extraño que esa evolución tenga su punto culminante en el Reino Antiguo, cuando lo lógico es que la evolución científica y filosófica debiera proseguir, pero no fue así. No sabemos si lentamente o de forma súbita, las habilidades técnicas merman en Egipto y no hay nadie que sepa hacer una pirámide como es debido cientos de años después. De modo que se fortaleció mi heterodoxia y me reafirmé en mis sospechas de que los gigantes de Gizé tal vez no sean egipcios.
Hay algo que siempre me ha cautivado, y es la tendencia, contraria a todas las costumbres de las razas humanas que siempre entierran en una misma zona sagrada a sus seres queridos formando necrópolis, a dispersar los supuestos cuerpos difuntos de los faraones. No hay un cementerio común, como luego sí veremos en el Valle de los Reyes, sino que cada uno fue enterrado (?) aquí y allá sin demasiado criterio aparente.

¿Y si resultara que la elección del lugar no fuera casual? Robert Bauval afirmó que: “los monumentos de Gizeh fueron diseñados de forma deliberada para servir a un poderoso proceso de iniciación (…) son herramientas espirituales altamente energetizadas”.

Bauval propone que los egipcios creían en la existencia de un río en el cielo que equivalía al Nilo en la tierra. De hecho, todo en Egipto parecía hacerse reflejando el orden de planetas y estrellas. Ese río sería identificado en tiempos remotos como la Vía Láctea –y nuevos recuerdos del futuro nos asaltan pensando en el Camino de Santiago y en la existencia de enclaves de poder por todo él-.

Desde ese punto de vista, las pirámides están dispersas no por capricho, sino porque el conjunto menfita equivaldría a una parte de la Vía Láctea, la que comprende el territorio estelar que existe entre la estrella Sirio en dirección a Tauro a lo largo de la Constelación de Orión. En el centro de esa amplia área está Gizé, que para el mencionado Bauval sería la entrada al Duat o mundo subterráneo de los egipcios.

Si esa teoría es cierta: ¿quién tenía suficientes conocimientos para diseñar un proyecto arquitectónico semejante hace 12.000 años, que es cuando las constelaciones estaban dispuestas en el modo en que se expresan en forma de pirámides en el suelo egipcio?

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