Hoy celebro un cumpleaños y lamento una pérdida dolorosa. Por eso, para hoy exactamente, he dejado el último cromo de mi álbum, porque un 6 de enero, viernes, de 1854, nació en la hacienda Mycroft, en North Riding(Yorkshire), William Sherlock Scott Holmes. Y un maldito 6 de enero, domingo, de 1957 moriría el primer y más grande detective consultor de todos los tiempos.

Alguno tal vez piense que me he vuelto loco por celebrar el nacimiento y llorar la muerte de un personaje literario, pero quien así me juzgue no ha entendido nada de la grandeza de Holmes. Mejor lo han comprendido quienes, aún hoy, por ejemplo yo mismo, envían cartas al 221 B de Baker Street solicitando su ayuda para la resolución de algún problema. Y él, que hasta aquel instante dormitaba, lánguido, en el sofá dejándose mecer por la cuna de la cocaína disuelta al siete por ciento, se despabila y reclama la atención de John Watson de una manera enérgica, tal vez disparando sobre la pared, encima de la chimenea, y dibujando con los proyectiles las letras RV.

Es posible que, excitado por el nuevo enigma, irresoluble naturalmente para el inspector Lestrade, solicite los servicios de los Irregulares de Baker Street. Y no tardará Wiggins en llevarle una información que quizá le invite a disfrazarse para indagar con comodidad en los bajos fondos. O tal vez tengamos la fortuna de asistir a un florido combate intelectual con su hermano Mycroft a propósito de cuál será el siguiente movimiento de James Moriarty, porque eso ni yo, ni Holmes, ni nadie con dos dedos de frente lo puede dudar, Moriarty siempre está moviendo los hilos de cualquier endiablado plan criminal.

Lamento decepcionar a quien espere que Holmes diga en cualquier momento de la nueva aventura: “Elemental, mi querido Watson”, pues no es costumbre suya y jamás dijo tal cosa. Pero si por casualidad advierten en su mirada un velo de tristeza, susúrrenle al oído que “ella” no le ha olvidado, aunque haya muerto el 8 de octubre de 1903. Seguro que entonces, contemplando la foto de Irene, se sentirá reconfortado para enfrentarse al nuevo problema. Y yo le miro embobado y satisfecho por haber dedicado varios años de mi vida a dar forma a una novela en su recuerdo. Me pregunto si habrá leído “Las violetas del Círculo Sherlock”. Y entonces se vuelve hacia mí, me mira, imperturbable ante mis emocionadas lágrimas por poder acompañarlo en este problema final, y se limita a decirme: “Que empiece el juego..”.

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