La Espada del Diablo

Un cátaro y un templario. Siete monasterios y una leyenda. El diablo no ha regresado, porque jamás se fue.

Publicación: 29/05/2020
Páginas: 512
Tamaño: 15 x 24 cm
Encuadernación: rústica con solapas
ISBN: 978-84-18205-24-8
IBIC: FA
PVP: 23,75 €

la pintora de bisontes rojos
Editorial almuzara

Sinopsis

Novela

512 paginas

William de Yorkshire es un caballero templario con una extraordinaria capacidad de deducción; un don que le ha llevado a resolver misteriosos sucesos a lo largo de su trayectoria en la Orden, tanto en Europa como en Tierra Santa. Una virtud que le abrió las puertas de una enigmática hermandad dentro del Temple que custodia su verdadero tesoro.

Jacques de Autier ha sido educado dentro del credo cátaro y a través de su mirada el lector asistirá a la caída de Montségur y tendrá acceso a los secretos que se ocultaban en la inexpugnable fortaleza occitana.

Las vidas de ambos se entrelazarán cuando William intente resolver los asesinatos de varios de los abades de los siete monasterios construidos sobre el tajo que la espada del arcángel san Miguel asestó a la tierra durante su enfrentamiento contra el diablo. Siete monasterios dispuestos en una rigurosa línea recta a lo largo de miles de kilómetros desde Irlanda hasta Tierra Santa. Siete monasterios que, por supuesto, existen.

Dios y el Diablo se disputan el alma de cada hombre. Pero ni siquiera un templario acostumbrado a convivir con la muerte podía sospechar que el desenlace de esa partida fuera a depender de él. La búsqueda del Arca de la Alianza o del Santo Grial empalidecen ante el reto que William de Yorkshire ha de afrontar.

Esa aventura no es únicamente la más terrible de su vida; es también la más importante para todos nosotros, por su trascendencia para la Humanidad.

Los secretos templarios, el tesoro cátaro, la espada del diablo… El juego ha comenzado, ¿te atreves a participar?

Prologo

Skellig Michael. Septiembre de 1258

-No hay nada más real que lo que se podría tildar de imaginario: el diablo no ha regresado, porque jamás se fue –murmuró Sherrin en un tono tan bajo que únicamente William pudo escucharlo.

El cuerpo sin vida del abad estaba sujeto fuertemente con sogas por los tobillos y las muñecas a unos salientes rocosos. El cadáver dibujaba una siniestra cruz sobre aquella losa negra azotada sin piedad por el viento. Alguien le había decapitado.

-¡Santo Dios! –exclamó Etgal.

-¿Quién ha podido hacer algo así? –se preguntó en voz alta Niall.

-¿Y con qué? –dijo William, reparando en un detalle que nadie parecía haber tenido en cuenta- Para cercenar la cabeza de un hombre se precisa un hacha o una espada, y no cualquier espada  –Se volvió hacia los demás monjes, cuyos hábitos parecían estandartes agitados por el viento-. ¿Acaso disponéis de armas en el monasterio?

-Había una espada –respondió Sherrin-. Ya os dije que además del abad y de la embarcación faltaba algo más.

-¿Una espada? –dijo William, extrañado- ¿Quién de vosotros tenía una espada?

-Yo –admitió Sherrin.

-¿Y para qué demonios necesitabais una espada en un lugar como éste?

-Como ya os dije, en vuestra pregunta está la respuesta.

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