La pintora de bisontes rojos

Asesinatos rituales. Magia y chamanismo. Dos mujeres separadas por quince mil años y unidas por unas pinturas rupestres.

Publicación: 11/06/2021
Páginas: 520
Tamaño: 15 x 24 cm
Encuadernación: cartoné
ISBN: 978-84-18709-68-5
IBIC: FA
PVP: 25,00 €
la pintora de bisontes rojos
Editorial almuzara

Sinopsis

Novela

520 paginas

Los cadáveres de varios arqueólogos han sido encontrados en el interior de cuevas brutalmente mutilados. Las pinturas rupestres de esas cavernas han sido destruidas, y los sucesos tienen desconcertadas a las autoridades.

Mientras tanto, Miren, una joven estudiante de Bellas Artes, consigue su sueño al incorporarse al equipo que se dispone a realizar la réplica de las pinturas de Altamira, sin sospechar que su vida cambiará para siempre al verse involucrada en una siniestra trama ideada por una organización de fanáticos religiosos.
Al tiempo que sus manos se manchan de ocre y carbón reproduciendo las sobrecogedoras pinturas de Altamira, algo extraordinario sucede. Pero es tan asombroso, que únicamente quienes crean en la magia lo aceptarán. Solo quienes aún no hayan perdido la capacidad de asombrarse admitirán la posibilidad la amistad de dos mujeres separadas por quince mil años de distancia.

Pero cuando conozcas a Aia, comprenderás que el tiempo no es obstáculo para una mujer chamán.

Sin embargo, lo más extraordinario es que cuando habíamos leído el final, en realidad estábamos en el principio. Y eso lo descubrirá años después Alaia, la hija de Miren.

Prologo

El golpe fue mortal. La barra de hierro empleada abrió impúdicamente la cabeza de la víctima: un hombre de no más de cuarenta años, de estatura media, ligero sobrepeso y provisto de unas gafas de pasta que dieron un salto olímpico en el momento de la agresión, al igual que la lámpara frontal con la que se alumbraba.
El asesino se acercó al cuerpo desmadejado sin vacilar, ajeno a la mirada impasible de las cabras y bisontes grabados en una plancha de calcita de la cueva. Sin embargo, una Venus que aparecía asaeteada en un grabado próximo pareció estremecerse.
Aún con la barra de hierro en la mano, el criminal se cercioró de que el hombre que yacía a sus pies estaba muerto. A continuación, se adentró en la oscuridad de la que había emergido para regresar segundos después empuñando un enorme y reluciente hacha. Sin pestañear, seccionó la cabeza y los pies del cadáver, y después se agachó para disponerlo todo tal y como debía estar.
La muerte se enseñoreó de la cueva de El Linar, usurpando el canto a la vida que encarnaban las vulvas que el hombre del Paleolítico había representado trabajando con sus manos los bordes de dos aberturas naturales en la roca.

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