Llevamos toda la vida juntos.

Llevamos toda la vida juntos
No es una metáfora ni una exageración. Realmente, llevamos toda la vida juntos y hace unos días lo recordé. Miré aquella mano como si nunca la hubiera visto, y luego proseguí la inspección recorriendo con la mirada el brazo. De pronto, reparé en lo poco que sabía de ambos a pesar de todas las cosas que hemos vivido juntos.
A cada flor le aguarda una guadaña; a cada verano, un otoño.
Contemplé aquella mano y aquel brazo con una mezcla de interés y perplejidad. ¿Qué mayúscula carambola había dispuesto los átomos en el universo de tal modo que pudiéramos caminar juntos durante toda la vida? Al menos, durante ésta.
Para cada muerte hay una oración; para cada sueño, un despertar.
Proseguí mi inspección desde mi recién adquirida perspectiva. ¡Cuánto hemos cambiado!, pensé. Recordé las viejas fotografías en las que aquella mano y aquel brazo tenían la piel más tersa, casi por estrenar. Y en el rostro que me miraba mientras lo miraba no había arrugas ni recuerdos sembrados en ellas. Y en el fondo verde de los ojos no había desengaños ni tristezas, tampoco recuerdos ni viejas lágrimas. Y en los labios aún no había besos, ni dados ni soñados.
Para cada niño hay un mañana; para cada sol, una sombra.
Llevamos toda la vida juntos. Hemos visto pasar las olas, las palabras, las amistades, el viento… Yo, dentro de él; él, envolviéndome amorosamente, incluso cuando no lo merecía.
Porque aquella mano, aquel brazo, aquel rostro, aquellos ojos verdes…forman parte de mi propio más allá; el cosmos de dentro. El espacio universal en mi espacio interno.
Toda una vida a bordo de aquel cuerpo, de este cuerpo desde el cual escribo y sobre el que lentamente cae el otoño. Un otoño dorado, casi rojo, del que no quiero huir, porque no hay huída más cobarde que la huída de uno mismo.
Y me pregunté cuántas manos más, cuántos brazos más, cuantos rostros más, cuántos ojos más, cuántos cuerpos más me acogieron, me transportaron, me hicieron crecer, me permitieron soñar, besar, reír, llorar… antes. ¿Y cuántos más aún deberé ocupar? ¿Cuántas hojas de otoño más veré caer en tiempos que no imagino pero que sí recuerdo?
No es mi Dios el de la mayoría. No lo encuentro en los catecismos, sino en los versos más heréticos. Sé dónde vive, pero rara vez lo visito. Él sabe dónde vivo, pero casi nunca estoy cuando decide venir a verme.
¿Cuánto hace que nos estamos buscando Dios y yo en esta noche de insomnio en la que viajé (o) (aré) a bordo de todos esos cuerpos?

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