Los recuerdos de lo que nunca existió

Los recuerdos de lo que nunca existió
Dos filas: niñas a un lado, niños al otro; la regla del maestro sobre la palma de la mano; siempre había un «gafotas» al que insultar o incluso hostiar. Y un gordito del cual burlarse. Y aquellos horribles pantalones cortos. Y las clases sociales divididas entre los considerados empollones y los «tontos». No había clase media.
Y la angustia si el maestro te sacaba al encerado, y los matones de cada barrio que te quitaban el bocadillo o el balón. Y la vergüenza permanente ante la mirada de la otra, la niña que fuera. Y los abuelos que se morían y se iban al cielo, un lugar que comenzaba a caerme mal, muy mal, y al que decidí no ir. La fugacidad de todo a pesar de que los días eran más largos.
Decididamente, no; la infancia no es -no fue- ningún lugar maravilloso al que regresar. Es -era y será- un tiempo cruel. Lo que sucede es que lo que nos aguardaba era aún peor, y por eso construimos relatos mitológicos sobre aquellos años en que fuimos niños.
Sé muy bien que esta reflexión, nacida mientras leo a la extraordinaria Irene Vallejo frente al Atlántico, no gozará de unanimidad. Es lo que tienen los recuerdos de lo que nunca existió.

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