OCHO MINUTOS

OCHO MINUTOS
Ése es el tiempo que tarda un rayo de sol en recorrer a la velocidad de la luz los 150 millones de kilómetros que nos separan del Sol. Ése es el tiempo que tendrías para recolectar las imágenes más valiosas de tu vida si nos anunciaran a todos que el Sol se ha apagado.
¿Qué recuerdos pondrías entonces a buen recaudo? ¿Qué equipaje te llevarías? ¿La banderita de tu país? ¿Algún tótem religioso de madera policromada? ¿Le harías ascos a la compañía de una persona de otra raza si el azar te situara junto a ella durante esos terribles ocho minutos? ¿En qué crees exactamente?
El Sol ocupa el centro de nuestro sistema planetario. Gracias a él, la vida es posible en nuestro planeta. No gracias a ninguna banderita ni a ningún tótem. Sin él, no habría luz, ni calor, ni tendría lugar el milagroso proceso de la fotosíntesis, ni la atmósfera y los océanos serían lo que hoy conocemos.
Se supone que esa estrella mediana que brilla desde hace 5.000 millones de años aún ejercerá de faro y motor de la vida durante otros 5.000 millones de años más. La galaxia Andrómeda se acerca a nosotros y llegará un momento en que colisionará con la Tierra. Nuestro sistema solar sufrirá un colapso, pero no se sabe con certeza si experimentará una gran implosión o “big crunch” o si seguirá expandiéndose.
Pero, ¿y si el proceso se adelantara? ¿Y si ocurriera hoy y en ocho minutos tuviéramos la certeza de lo sucedido?
Para empezar, las banderitas, los tótems, los prejuicios sociales y el resto de nuestro “equipaje” moral advertirían que se habría acabado la gravedad. La desaparición del Sol provocará el fin de la atracción gravitatoria. Todos los planetas que orbitan a su alrededor –salvo las cabezas de los terraplanistas, supongo- se habrán quedado sin un centro alrededor del cual girar y comenzarán una deriva por el espacio en línea recta que, presumiblemente, provocará que impacten con otro cuerpo suficientemente consistente como para frenar su absurdo avance hacia ninguna parte.
Una vez transcurridos los ocho minutos que habrás tenido para preguntarte quién eres en realidad y cuáles son los verdaderos tesoros de tu memoria que decides llevarte de esta vida, llegaría la oscuridad. Una oscuridad permanente. Por mucho que implores a los tótems que quieras, todo será oscuro. Sin Sol, la Luna tampoco brillará porque no podrá reflejarlo. Las plantas interrumpirán para siempre el proceso de fotosíntesis. El calor se habrá acabado en la Tierra mientras arriba, en el cielo, veremos titilar las estrellas que aún latirán repletas de vida.
Sin Sol, dicen los científicos, en un par de meses la temperatura en este planeta descenderá por debajo de los -120 grados. Cuatro meses después, será de -198 grados. Más allá de algunos microorganismos a los que las banderitas y los tótems siempre les tuvieron sin cuidado, no habrá otra forma de vida en el planeta. Tal vez, durante un tiempo algunos animales subterráneos y carroñeros logren sobrevivir comiendo los cadáveres del resto, pero finalmente se extinguirán también.
¿Y los humanos? ¿Qué habrá sido de ellos con sus banderitas y sus dioses, con sus miserias morales y sus prejuicios raciales? Los océanos se habrán congelado y el frío será insoportable. ¿Acaso se cobijarán durante un tiempo en edificaciones blindadas hasta que las formas de energía que dispongan se agoten? ¿Y cuántos habrán sobrevivido de ese modo? ¿Los más ricos? ¿Los más inteligentes? ¿Los más devotos? ¿Los que “despertaron” y llamaban al resto “borregos”? ¿O los “borregos”, que resultaron estar más lúcidos que los “despiertos”?
Ocho minutos.
Ocho minutos para hacer el equipaje: el recuerdo de la persona que jamás me falló y de los perros que nunca me abandonaron, todos los viajes que hicimos, algunas películas inolvidables, los libros que fueron mi vida, aquellas escaladas en bicicleta al Tourmalet, el Galibier y Alpe d´Huez… y ninguna banderita ni ningún tótem.

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