¿Y si la ficción fuera mi realidad?

¿Y si la ficción fuera mi realidad?

La realidad debiera estar prohibida. Agatha Christie decía que en las novelas todo está mejor dispuesto que en la vida ordinaria, y tenía razón. Posiblemente, por eso escribo. Por eso leo y por eso veo películas. Pero no leo cualquier libro ni veo cualquier película. Aún no he crecido lo suficiente; aún no he “madurado”, al parecer, como para dejar de lado a personajes -¿de ficción?- que me han acompañado desde la niñez.

Hay criaturas que pulsan un resorte en personas como yo. Son “golems” que cobran vida por su cuenta y se inmiscuyen en la vida “real” hasta el extremo de transformarla. Son tan poderosos, que construyen a su alrededor una suerte de religión; un credo que atraviesa en diagonal la vida de tipos como yo, de modo que apenas una imagen de sus elementos votivos sirven para identificarlos. Estoy tan seguro de ello, que apuesto a que ya sabéis sobre quién voy a escribir en las siguientes líneas apenas hayáis reparado en la imagen que acompaña a esta publicación.

Hace un tiempo, el escritor Pedro Cantó me hizo una entrevista para un trabajo que iba a publicar sobre Indiana Jones. Me preguntó por qué me apasionaba el personaje y le respondí:
«Mi devoción por la Historia me acompaña desde niño, antes de que Indiana Jones hiciera su aparición en el cine y en mi vida. No obstante, mi pasión por los enigmas históricos sí se fortaleció en cierto modo al verle en la gran pantalla. De pronto, tenía ante mí al profesor que hubiera soñado tener en la Facultad de Historia: un docente heterodoxo. Desde luego, los suyos eran unos métodos arqueológicos nada académicos, pero… ¡qué diablos! ¡Ahí tenía a un tipo que perseguía muchos de mis sueños: el Grial, el Arca de la Alianza…! Y, además, ganándole la partida a los nazis. De modo que le disculpo ser un canalla sin método científico. ¡Fortuna y gloria!»
Me preguntaba a continuación qué encontraba de atractivo yo, como novelista, en Indiana y le dije:
«Infinidad de detalles. Para empezar, es un “bueno” no carente de gotas de cinismo, altanería, pasión por el riesgo y un amor en cada puerto. Alguien que puede perder la cabeza transitoriamente, cegado por el brillo de un tesoro, pero consigue recuperarla a tiempo al recordar que sólo el penitente pasará. Indiana Jones es el héroe que cualquier escritor de novelas de aventuras le hubiera gustado crear, aunque yo le hubiera hecho transitar durante más tiempo entre la oscuridad de sus fantasmas interiores. Eso sí, sin perder el sombrero…»
Un sombrero y un látigo son suficientes para identificarlo. No es nada sencillo crear un personaje a quien uno pueda reconocer con tan escueta descripción.
O con una gorra de cazador, una lupa y una pipa.

¡Oh, Dios mío! (literal)

El “golem” literario que sigue viviendo en 221 de Baker Street y a quien aún escribe gente de todo el mundo solicitando su ayuda para la resolución de un problema es el ejemplo más palmario de que la ficción no termina donde dicen que comienza la realidad.
Hay algo poderoso en Sherlock Holmes. Algo que me arrastra hasta el Londres victoriano desde que yo era un niño. Como si me enseñara el camino de regreso a casa; como si aquel tiempo y aquella ciudad fueran mi verdadero hogar y no el barrio donde me crié.

Tal vez penséis que exagero; que la ficción es sólo eso, un universo alternativo construido para la evasión. Un pasatiempo, un juego en el que lector consiente ser engañado al aceptar como ciertas situaciones que no lo son, en vivir de acuerdo a unas reglas falsas durante el tiempo que dura la lectura. Pero estáis en un error.

La sombra de Sherlock me ha visto leer sus aventuras durante la niñez, observó con desinterés primero y que creo que cierto interés después mi esfuerzo a lo largo de más de tres años para escribir “Las violetas del Círculo Sherlock”; me espió mientras tejía recuerdos imborrables y llorar el día en que leí el final de la biografía que Baring-Gould escribió sobre él.
¿Creéis que exagero? ¿Cómo va a ser mi realidad la ficción?, diréis.

Sherlock decía que una vez descartado lo imposible lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Pero ¿y si no podéis descartar lo imposible porque lo imposible es la verdad?

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