SAN BARTOLOMÉ DE UCERO

Estamos a poco más de cincuenta kilómetros de Soria. Ucero es el pueblo más próximo, custodiado por la atenta mirada de los restos de su castillo. En su origen, esta iglesia estuvo dedicada a San Juan de Otero, y se encuentra enclavada en un paisaje maravilloso y evocador, en el corazón del Cañón de Río Lobos. Pisamos tierra sagrada desde época herrumbrosa. Hay restos de pinturas en grutas próximas: Cueva Conejos, Cueva Grande de San Bartolo y Cueva Mayor.

Esta iglesia es lo que queda del viejo monasterio, dicen, pero no hay resto alguno del mismo. Ya Pedro Rodríguez de Campomanes, en base a los estudios del padre Mariana, citaba estas posesiones entre las de los freires de la capa blanca. El caso es que la capilla, tal vez de transición cisterciense y erigida en el siglo XIII, nos mira en medio de una campa cuyo silencio amplifica el sonido del vuelo de los numerosos buitres que reinan en el cañón. El templo aprovechó una gruta y la absorbió en su seno.

Nada más llegar, desde lejos, nos alerta el Sello de Salomón representado en el rosetón del crucero. Después, toda la decoración exterior de la capilla es una colección de cabezas, símbolos desconocidos, representaciones de las Tablas de la Ley (?) y criaturas que uno no sabe si se ríen de nosotros o sufren.

¿Quiénes son estos tipos? ¿Qué pretenden?, imagino que dirán mientras entornan los ojos de piedra mirándonos. Los símbolos de los canteros aparecen en las rocas como lagartos al sol de miles de años.

Si se tiene ocasión, lo idóneo es ir al lugar el 24 de Agosto, día de san Bartolomé, cuando se celebra la fiesta del patrono. No obstante, desde el siglo XVI la gruta mudada en capilla acoge el culto a San Saturio, de quien no parece saberse nada hasta 1553, fecha en la que el libro de actas del Ayuntamiento lo menciona.

¿Quién era el tal Saturio? Al parecer, un anacoreta que vivió entre los siglos V y VI. El gran Juan G. Atienza subrayaba lo notable del hecho de que San Prudencio hubiera recibido de Saturio enseñanza en teología y “hebreo”. Y me pregunto si por “hebreo” no deberemos entender Cábala y sus secretos. Además, y para colmo, se representa a Saturio como un busto negro que pronto ha habido quien lo hermane con el Bafomet del Temple.

¿Qué hacía aquella gente en sitio tan remoto? ¿Qué se podía defender desde el fondo de un valle rodeado de farallones y buitres? ¿Por qué allí? A mí se me ocurren varias cosas, pero su exposición exigiría más espacio del que aquí dispongo.

Para quien se quede con hambre, le recomiendo mi libro “Los templarios y la palabra perdida”.

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